
Las amenazas de lluvia aún son lejanas pero suficientes para que germine un bosque de paraguas en el concreto. Un pavimento inusual, estrecho y elevado. Abajo, un flujo incontenible de carros cruzan en ambas direcciones. Inasibles e inhumanos, la única justificación de la existencia del lugar donde me encuentro, su figura se esparce en fragmentos instantáneos contra un marco-baranda amarillo retorcido. Arriba, una secuencia de pasos pensativos anuncia el claustro. Miro el reloj. Un puente peatonal, que se me antoja de los más transitados en Bogotá, es un lugar poco común para un punto de encuentro. El tiempo se cuela tediosamente entre las gotas sorpresivas que ocultan la manecilla. Un estertor delata una paila donde se cuece un sustancioso maní casero, balsámico en el frío. Nunca he visto a Carol, sólo nos hemos comunicado por Internet, pero espero que haya sido precisa en su descripción física, su vestuario y sobretodo su promesa de puntualidad.
Bogotá, carrera 30 con calle 45. Puente peatonal. Cinco minutos después de lo acordado mi contemplación de obras maestras en ediciones baratas es interrumpida. Carol aparece. De todas maneras el plástico protector que se posa sobre las portadas ante las primeras gotas hace lo propio. El saludo es fraternal. Es más bien chiquita para lo que dictamina el cliché teutón. Se inicia el ascenso por el puente. Una duda me asalta:
_Como te ha parecido Bogotá.
_Bonita pero fría.
Por un momento me imagine el gris concreto elevado del puente contrastado con una sandalia color fucsia, de esas que los europeos ridículamente insisten en usar a 2600 metros en los Andes. Quizá como último recurso para aferrarse a una fantasía tropical que se diluye como el horizonte gris sucumbe a la olorosa nube de vapor del maní casero en el primer descanso de las escaleras.
_¿Por qué nos encontramos aquí?, quiero decir, podría haber sido en un café o en el centro por donde te estás quedando.
_ Bueno ayer conocí la Universidad, y pues como me habías dicho que trabajabas aquí me pareció más fácil. Además quería comprar unos collares.
He notado que mi primer intento de dialogar en Ingles es opacado por un español un poco enredado pero ansioso de perfección. De abajo se cuelan fugas en efecto doppler amarillo de taxis que seguramente transportan a una corbata retrasada. Unas repentinas sirenas me hacen recordar el día que me quede parado en mitad del puente observando un largo e inexplicable desfile que custodiaba una carroza fúnebre, también rápidamente sobre la 30. “Es de ese cucho Turbay que se murió” me informó esa vez un vendedor ante mi pregunta.
El cruce del puente es eterno. Atropellados un poco por los estudiantes que transitan hambrientos en dirección de los restaurantes, hago malabares para cubrir a Carol con un paraguas recientemente abierto mientras, protegida, Carol pregunta por cuanta chuchería ligeramente étnica ve exhibida en el terciopelo negro que se recorta contra el suelo del puente. La dilatación temporal trae consigo un reflejo en la dimensión espacial. Una tira de concreto corriente, elevada, pisoteada por miles de suelas al diario, aparece con una nueva perspectiva. Una belleza inesperada. Las caras de lindas estudiantes que vienen y van. Las artesanías, libros, pilas, audífonos y películas que adornan la superficie. Una nube gris eterna anclada al suelo. Tres años sin notarla. No es un mero lugar instrumental que permite pasar sobre una transitada avenida. Es un punto de encuentro, de observación, de sorpresas.
Al otro lado del puente se encuentran varios puestos de comida rápida donde los estudiantes toman su almuerzo. Minúsculas bocas intentan dar cuenta de sanduches descomunales pero baratos. Una plaza subrepticia de fast food a la criolla como única respuesta ante las ya olvidadas épocas de los restaurantes universitarios subsidiados.
Alejándonos un poco, Carol pregunta por el de edificio lleno de adolescentes que ajetrearon la calle inundando las cavernas de la comida rápida underbridge.
_ ¿No están muy jóvenes?
_ No están en la Universidad, pero planean estarlo. En ese edificio los preparan para el examen de admisión. Para pasar... – explico.
No recibo respuesta. El puente progresivamente enmudece a nuestras espaldas mientras nuestras mentes y lenguas siguen estableciendo otros puentes multiculturales, de una amistad divisada a lo lejos. De cruces que se aclaran.
La amenaza de lluvia se queda sólo en eso a pesar de las gotitas que no renuncian. Con una sonrisa tardía me percato de la metáfora de “pasar”. ¿Qué significará para ellos? ¿Qué significa para mi? Una última mirada me despide del puente recién descubierto. De sus historias presentidas pero ignoradas. El puente peatonal de la 45 con 30 se ha convertido en una especia de cruce anhelado.
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| Un cruce anhelado |
Una historia inspirada por Carol me lleva a otra historia...


1 comentario:
Yo tengo algunas fotos de puentes y de diferentes tipos de economías informales debajo de ellos, son bien interesantes.
Verónica
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