martes, 6 de mayo de 2008

Un cruce anhelado


Las amenazas de lluvia aún son lejanas pero suficientes para que germine un bosque de paraguas en el concreto. Un pavimento inusual, estrecho y elevado. Abajo, un flujo incontenible de carros cruzan en ambas direcciones. Inasibles e inhumanos, la única justificación de la existencia del lugar donde me encuentro, su figura se esparce en fragmentos instantáneos contra un marco-baranda amarillo retorcido. Arriba, una secuencia de pasos pensativos anuncia el claustro. Miro el reloj. Un puente peatonal, que se me antoja de los más transitados en Bogotá, es un lugar poco común para un punto de encuentro. El tiempo se cuela tediosamente entre las gotas sorpresivas que ocultan la manecilla. Un estertor delata una paila donde se cuece un sustancioso maní casero, balsámico en el frío. Nunca he visto a Carol, sólo nos hemos comunicado por Internet, pero espero que haya sido precisa en su descripción física, su vestuario y sobretodo su promesa de puntualidad.

Bogotá, carrera 30 con calle 45. Puente peatonal. Cinco minutos después de lo acordado mi contemplación de obras maestras en ediciones baratas es interrumpida. Carol aparece. De todas maneras el plástico protector que se posa sobre las portadas ante las primeras gotas hace lo propio. El saludo es fraternal. Es más bien chiquita para lo que dictamina el cliché teutón. Se inicia el ascenso por el puente. Una duda me asalta:
_Como te ha parecido Bogotá.
_Bonita pero fría.
Por un momento me imagine el gris concreto elevado del puente contrastado con una sandalia color fucsia, de esas que los europeos ridículamente insisten en usar a 2600 metros en los Andes. Quizá como último recurso para aferrarse a una fantasía tropical que se diluye como el horizonte gris sucumbe a la olorosa nube de vapor del maní casero en el primer descanso de las escaleras.
_¿Por qué nos encontramos aquí?, quiero decir, podría haber sido en un café o en el centro por donde te estás quedando.
_ Bueno ayer conocí la Universidad, y pues como me habías dicho que trabajabas aquí me pareció más fácil. Además quería comprar unos collares.
He notado que mi primer intento de dialogar en Ingles es opacado por un español un poco enredado pero ansioso de perfección. De abajo se cuelan fugas en efecto doppler amarillo de taxis que seguramente transportan a una corbata retrasada. Unas repentinas sirenas me hacen recordar el día que me quede parado en mitad del puente observando un largo e inexplicable desfile que custodiaba una carroza fúnebre, también rápidamente sobre la 30. “Es de ese cucho Turbay que se murió” me informó esa vez un vendedor ante mi pregunta.

El cruce del puente es eterno. Atropellados un poco por los estudiantes que transitan hambrientos en dirección de los restaurantes, hago malabares para cubrir a Carol con un paraguas recientemente abierto mientras, protegida, Carol pregunta por cuanta chuchería ligeramente étnica ve exhibida en el terciopelo negro que se recorta contra el suelo del puente. La dilatación temporal trae consigo un reflejo en la dimensión espacial. Una tira de concreto corriente, elevada, pisoteada por miles de suelas al diario, aparece con una nueva perspectiva. Una belleza inesperada. Las caras de lindas estudiantes que vienen y van. Las artesanías, libros, pilas, audífonos y películas que adornan la superficie. Una nube gris eterna anclada al suelo. Tres años sin notarla. No es un mero lugar instrumental que permite pasar sobre una transitada avenida. Es un punto de encuentro, de observación, de sorpresas.

Al otro lado del puente se encuentran varios puestos de comida rápida donde los estudiantes toman su almuerzo. Minúsculas bocas intentan dar cuenta de sanduches descomunales pero baratos. Una plaza subrepticia de fast food a la criolla como única respuesta ante las ya olvidadas épocas de los restaurantes universitarios subsidiados.

Alejándonos un poco, Carol pregunta por el de edificio lleno de adolescentes que ajetrearon la calle inundando las cavernas de la comida rápida underbridge.
_ ¿No están muy jóvenes?
_ No están en la Universidad, pero planean estarlo. En ese edificio los preparan para el examen de admisión. Para pasar... – explico.
No recibo respuesta. El puente progresivamente enmudece a nuestras espaldas mientras nuestras mentes y lenguas siguen estableciendo otros puentes multiculturales, de una amistad divisada a lo lejos. De cruces que se aclaran.

La amenaza de lluvia se queda sólo en eso a pesar de las gotitas que no renuncian. Con una sonrisa tardía me percato de la metáfora de “pasar”. ¿Qué significará para ellos? ¿Qué significa para mi? Una última mirada me despide del puente recién descubierto. De sus historias presentidas pero ignoradas. El puente peatonal de la 45 con 30 se ha convertido en una especia de cruce anhelado.

Un cruce anhelado


Una historia inspirada por Carol me lleva a otra historia...

lunes, 5 de mayo de 2008

Bazar y Búnker


Mis dedos barajan los plásticos polvorientos, hasta detenerse en una carátula fotocopiada pero reconocible.
_Ese es bueno, lo han llevado bastante – aconseja la mona.
_ Tal vez otro día – respondo cambiando de opinión.
Con torpeza avanzo tras el espejismo del disco incunable hasta que debo detenerme. Uso mis manos para apoyarme sobre el puente que vibra constantemente. Una sensación de ligero mareo encuentra descanso el la bella cara de otra cliente que como perro cinéfilo hurga la bolsa negra del cine arte. Una cara para contemplar.
_ Esto siempre tiembla así – profiere cálidamente al observar mi gesto, lo bastante notable como para delatar mi condición de advenedizo acurrucado.

Los discos de colores fluyen inútilmente en contraste con el color de este bazar, continuidad del cielo gris de octubre. La lluvia amenaza con clausurar la tarde en el San Andresito elevado de la 45 con 30. Tomo el último lote de discos inspeccionándolo con desgano, llevado por esa mezcla de meticulosidad y vanas esperanzas de melómano.
De repente una fuga de Bach polifónica corta el aire, detonando las maniobras del escape.
El ritual de supervivencia inicia. El lote me es arrebatado. Las bolsas negras se inflan y anudan con destreza. Las mochilas se hacen pesadas. La mona se inclina sobre la baranda buscando los anunciados hombres verdes que como en película de los 50s, traen el terror. En cuestión de segundos el puente se ha replegado dejando al descubierto sólo aquellos cachivaches permitidos. El día se hace más gris arrojando una cortina de camuflaje. Una seña al vendedor del otro extremo. Mueca de la mona. Consulta visual desde la otra baranda. Nada. De nuevo el minúsculo celular se retuerce con Bach. Falsa alarma.
Al parecer merodearon un poco por las escalera pero se marcharon. Seguramente otras presas más jugosas los esperan.
_ Lo peor es que le quitan a uno la mercancía – Confiesa la mona.
_ Además yo no quiero pasar la noche en una estación de Quintaparedes y no tengo los cien mil pa' pagar la salida. - continua sin que nadie haya preguntado.
Sus mejillas vuelven a encenderse, anunciando que se renuevan las transacciones. “Ese no es comercial por eso te vale $8000”, “Aquí no lo tengo pero mañana te lo traigo”, “No se ha podido decodificar”, la artillería de frases se alistan, las permutaciones calculadas para que el cliente siempre tenga la razón. Con vertiginosidad aparecen los precarios billetes estudiantiles. Todo retorna a una tensa calma en donde la fatigada frente de la mona y su mirada vigilante, guardando periódicamente los extremos del puente denotan su nerviosismo. Hoy será una de esas frías jornadas de paranoia.

Otro día. Otra hora. Otros miles de pasos han ajetreado el bazar del cómic, el piratazo y la conveniente sombrilla cincoluquiana. Otra jornada donde el puente es bazar ... y búnker.
El puente es estratégico, desde allí se observa todo el teatro de operaciones. El capullo de aluminio con entradas de prisión sigue escupiendo gusanos rojos repletos por la hora de almuerzo. Protegido, a salvo. Al otro lado los estudiantes salen a borbotones por los ridículos embudos de las rejas. Todo bajo la mirada escrutadora del comandante. Mi barriga también chilla por lo que mis pasos van ansiosos. Los hilillos de una típica llovizna indecisa empiezan a caer. Abstraído en mis pensamientos y en la visualización de la cercana bandeja paísa había pasado por alto su presencia. No los había notado a pesar de su voluminosidad. Miro al otro lado y veo que su vehículo perennemente parqueado se ha movido. Allí están. Torpes por su ominoso exoesqueleto de polietileno. Una mancha negra sobre el gris. El pus de las heridas del concreto. Con sus cuellos en sincrónico paneo y los dedos prestos sobre los gatillos de las pistolas de gases lacrimógenos. Aguardando. Plantados como los imposibles eucaliptos del puente.

Me parapeto tras mi paraguas y sigo de largo. La historia ha ocultado que en los conflictos ninguno es ganador. Avanzo. Un tropezón me hace bajar el paraguas para encontrarme con la cara de uno. Una cara para contemplar.
Es un niño.
La mirada es de odio.
Hermano de sus enemigos, puesto en el bando contrario por el poder. Siempre ha sido y será así. La furia le hace sobreponerse a su miedo. Esperando el instante en que como le enseñaron en la Academia, salgan los monstruos desadaptados de su guarida blanca. El instante de la acción y la adrenalina. Como flor de fango surgida de la masa negra, aparece el rostro de la mona:
_Me llegó nueva música.
Me inclino y tomo desprevenidamente cualquier disco.
_¿ Y a estos no les tiene miedo? - susurro.
_ No, estos ni nos miran. Los de verde, no los de negro – responde con una sonrisa. El tumulto de estudiantes chismosos es un mercado potencial.
Encuentro un disco que si me gusta y lo compro, siguiendo aquella ética de que nada que sea de bandas nacionales. Hoy comerciamos dos mil pesos y nuestras paranoias. Hoy el miedo es mío. Arrojo un último vistazo al grupo. Se presiente que hoy el paro estalla. Bajo las escaleras para internarme en un contexto de busetas serpenteantes y comida chatarra. La lluvia ahora si es legítima. A mis espaldas queda el puente que se levanta como la estrecha y gélida colina de concreto donde se monta guardia siempre que el sonido de las papas explosivas, anuncia enfrentamiento.

Una recia brisa corre esparciendo un aroma de sosobra y de pólvora. Creo escuchar explosiones en la lejanía. Volteo pero no veo nada. Sigo mi camino hacia mi casa. Aquel refugio donde mi único temor será que el maldito princo haya salido malo. Por ahora...

De compras por el Bazar y bunker


domingo, 4 de mayo de 2008

Un desierto elevado


Es de noche y hace frío. El paro ya lleva casi un mes. Las noticias sobre la Universidad me han llegado principalmente por correo, pues he asistido a pocas asambleas. Siempre que voy me deprimo un poco. Los pasillos abandonados. El pasto inmune. Las puertas cerradas. Y sobretodo un puente peatonal cuyo bazar ha perecido como pasa cada vez que llegan las vacaciones o hay paro.

Una caminata nocturna en busca de cerveza con algunos amigos me ha llevado a este sitio. Ahora, sólo es habitado por los motores que chillan abajo. Es un desierto, evidentemente por la noche. Sin embargo sé que de día no cambia mucho. Los estudiantes aguardan en sus casas el desenlace del estado de la Universidad. Alguno que otro vendedor sin más lugar donde trabajar esperará por un escaso cliente. Los parches de colores en el piso abdicaron ante el concreto. Todo un transito de personas, sueños y distintas hambres espera en varios corazones por ser reanudado.

Mientras sostengo la cámara grabando mi última visita al puente peatonal de la 45 con 30 pienso algo melancólicamente. Los flashbacks de Carol, de las compras, de las risas, del bazar y del búnker me llegan repentinamente. Para mis amigos un sitio más. Para mi, alguien que trabaja y estudia en la Universidad, una referencia. Un recuerdo. Un hogar.

Andrés me llama percatándose que me he quedado rezagado con la cámara en mano y la mirada hacía el puente.
_¿Qué hace? - me pregunta curioso.
_ No, nada. - respondo mintiendo de cierta manera.

La rutina me tiene atrapado en la ciudad. Quisiera contar la historia de lugares más exóticos y agradables. Aquellos llenos de colores y sensaciones no percibidas antes. Sin embargo, esa misma rutina me ha regalado esta joya personal. Un sitio anodino lleno de historias y tal vez secreta e imperceptiblemente importante para miles. Una metáfora de concreto, sobre ríos de acero motorizado. Todo un mercado y corto paseo. Sólo espero que los problemas de la Universidad se resuelvan pare que nazca de nuevo. Atareado y vibrante. Conectando el claustro con la calle, útil a aquellos que quieren tender otros puentes a un mejor mañana.